Cuando era chica, el arte no era una actividad extra.
Era un escape. Una puerta secreta para salir de la realidad y entrar en un mundo donde yo podía respirar mejor.
Mientras otras personas veían hojas en blanco, yo veía portales. Dibujar, modelar, inventar seres y mundos era la forma que tenía de sentirme a salvo, de ordenar lo que pasaba adentro y afuera. El arte no era un pasatiempo: era refugio, juego y libertad al mismo tiempo.
A los 16 años entendí algo con total claridad: esto es lo mío. No como un sueño lejano, sino como una certeza interna. El arte no era solo algo que me gustaba; era el idioma en el que yo estaba hecha.

Con el tiempo conocí también la otra cara del mundo artístico. Ese espacio de élites, egos inflados y nombres sostenidos más por el marketing que por la verdad creativa. Un mundo donde a veces se aplaude el personaje antes que la obra, y donde muchas personas sensibles sienten que no pertenecen. Eso me dolía… y todavía me duele.
Porque el arte no debería ser un pedestal.
Debería ser un puente.
Ahí nació una convicción que guía todo lo que hago hasta hoy:
el arte es para todos, no solo para quienes encajan en un circuito exclusivo.

Hay un momento que se repite en mis clases y que nunca deja de emocionarme: cuando alguien se sorprende a sí mismo. Cuando una persona que decía “yo no sé dibujar” mira su obra y se queda en silencio, sin poder creer que eso salió de sus manos.
En ese instante siento felicidad real, profunda. Lo celebro como si fuera mío. Aplaudo, me emociono, me lleno de orgullo. Porque sé lo que significa ese descubrimiento. Sé lo que cambia por dentro cuando alguien entiende que sí puede crear.
Una vez aprendí una frase que me acompaña siempre:
“Festejá como si fuera tuyo, porque cuando te toque, vas a querer que celebren como lo hiciste vos.”
Esa es la energía que llevo a cada proceso.

Mi trabajo no existe solo para enseñar técnicas ni para formar artistas “correctos”. Existe para devolverle alma al proceso creativo. Para que la gente vuelva a sentir. Para que crear no sea una competencia, sino un reencuentro.
Si lo que hago no existiera, faltaría algo más que clases de arte.
Faltaría un espacio donde la sensibilidad es bienvenida.
Donde no hay que pertenecer a una élite para tener valor.
Donde el arte no se mide en prestigio, sino en verdad.
Yo no enseño a hacer obras perfectas.
Acompaño a que aparezca la voz propia.
Y cuando eso pasa, el arte deja de ser un lujo…
y vuelve a ser lo que siempre fue: una forma de estar vivos.