El arte llegó a mi vida cuando era apenas una niña. A los seis años ya pasaba horas dibujando en casa, jugando con plastilinas, inventando monstruos y seres que parecían venir de otros mundos. Para mí no era “estudiar arte”, era jugar… pero un juego tan profundo que el día se me iba entero sin darme cuenta. Crear era felicidad pura.

No crecí yendo a talleres ni a grandes academias. No siempre hubo posibilidades económicas para eso. Pero nada pudo frenar esas ganas de crear. En los años 90, mientras muchos escuchaban que “la tele nos educa”, yo absorbía cada programa creativo que encontraba, como Art Attack, aprendiendo a inventar con lo que tenía a mano. Sin saberlo, ya estaba entrenando la mirada, la imaginación y la capacidad de construir mundos desde cero.
Durante mi formación en Artes Visuales atravesé dudas, crisis y momentos en los que sentí que no encajaba del todo en el molde tradicional. En cuarto año estuve a punto de dejar la carrera, a solo tres finales de recibirme como profesora. Yo quería ser artista, no solo docente. Terminé la carrera… pero pasaron años hasta que entendí que mi forma de enseñar no era la de “dar clases”, sino la de traspasar experiencia viva.

A los 16 años, en un momento personal muy difícil, conocí a mi primera mentora en un taller de arte terapia. Ahí entendí algo que me acompañaría para siempre: el arte no es un lujo, es una herramienta de transformación. El arte me dio identidad, me ordenó por dentro y, de alguna forma, me salvó. Desde entonces supe que este era mi camino.
Con el tiempo también entendí algo esencial: sin disfrute no hay creación posible. La técnica importa, claro. Pero el disfrute es el motor real de todo proceso artístico.
En 2019, en un momento de necesidad, empecé a enseñar. Lo que comenzó como una solución práctica se transformó en una revelación. Descubrí mundos maravillosos dentro de cada persona, talentos dormidos, artistas que nunca habían tenido permiso para nacer.
Ahí vi con claridad lo que faltaba en muchos espacios de enseñanza tradicional: caminos demasiado largos, rígidos y llenos de “deberías”. Yo quería hacer lo contrario. Quería acercar el arte, hacerlo posible, mostrar que crear no es un privilegio, es un derecho humano.

Hoy soy artista plástica e ilustradora. Creo mundos que viven más allá de la imaginación: criaturas fantásticas, seres que podrían habitar incluso bajo el Río de la Plata, paisajes que parecen sueños recordados. Pero también hago algo más profundo que eso.
Acompaño a personas que creen que no pueden crear. A quienes sienten que “ya es tarde”. A quienes perdieron la confianza en su capacidad artística. Mi trabajo no es solo enseñar técnicas: es ayudar a que nazca el artista que estaba esperando permiso.
Busco dejar un legado de inspiración, de libertad creativa y de sensibilidad como fortaleza. Porque el arte no es solo algo que se aprende.
Es algo que se despierta.
