Ciudades como Roma, Florencia, París, Barcelona y Venecia dejaron marcas profundas en mi manera de imaginar. No solo por su historia o su belleza, sino por sus texturas, sus sombras, el peso del tiempo en las paredes, la forma en que la luz se apoya sobre la piedra antigua.


Hay lugares a los que volvería una y otra vez solo por cómo despiertan mi mirada. Florencia y Roma, especialmente, tienen algo que no sé explicar del todo: una mezcla de arte, ruina, espiritualidad y vida cotidiana que se filtra directo en mis universos visuales.


Pero mi imaginario no vive solo en lo urbano. También se nutre de paisajes abiertos, de tierra, de montañas, de horizontes que respiran distinto, como los colores y las formas de Jujuy o la suavidad ondulada de la Toscana italiana. Ahí entendí que la naturaleza también cuenta historias, solo que en otro idioma.
Me inspira tanto una pared gastada en una gran ciudad como un cerro pintado por el viento. Me conmueve ver la naturaleza invadiendo lo construido, pero también descubrir ciudades que parecen crecer como si fueran parte del paisaje. Esa mezcla constante entre lo orgánico y lo humano vive en cada criatura que creo.



El invierno es mi estación creativa. Hay algo en el silencio del aire frío, en la luz baja, en los cielos grises, que me lleva hacia adentro. Desde ahí puedo inventar mundos luminosos o sombríos, suaves o densos, según lo que necesite contar.
Mis atmósferas cambian con la historia que estoy narrando, pero casi siempre tienen una sensación de profundidad, como si hubiera algo más detrás de lo visible.
Si pudieras tocar a mis criaturas, no tendrían una sola textura. Algunas podrían sentirse húmedas como musgo, otras ásperas como corteza, otras suaves como plumas o frías como piedra lisa. Sus cuerpos están hechos de los lugares que habitan.
No vienen de un solo elemento. Son mezcla de agua, tierra, aire… combinaciones raras que nacen cuando el paisaje y la imaginación se cruzan.
Y si alguna vez una de ellas apareciera en nuestro mundo, no estaría en una ciudad ni en un museo. Estaría en un bosque. Un bosque que no da miedo, sino protección. Un lugar donde lo invisible cuida, donde lo extraño no amenaza, sino acompaña.